23/7/16

La Sangre Brota (Pablo Fendrik 2008)

¡Maldito estrés de la capital!

Por Jorge Le Brun


Mucho tiempo sin escribir (más de un mes) y mucho que decir.

Fue en mi época de universitario y participando en su cineclub cuando conocí la película a la que dedico este escrito. Película que llegó a nosotros vía préstamo con una lista de filmes latinoamericanos, aunque de las que vi en aquel entonces fue La sangre brota la que más eco hace en mis memorias; Pablo Fendrik dio vida a una historia que más allá de la angustia de uno de sus protagonistas ante su situación, es sobre su angustia en Buenos Aires, la angustia de la vida en una capital. Esta obra fue estrenada en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes.

La segunda película de la filmografía de su director y la segunda en la que se adentra al tópico urbano (algo que corto de tajo con su western gaucho amazónico, El ardor 2014). Filme con una fuerte presencia de las calles, el tráfico, los transeúntes de la ciudad y el mundo del juego con las respectivas desventuras que pueden tener los personajes en ese contexto; una historia contada a través de un reparto coral cuyos personajes reflejan los demonios que guarda el ser humano.



El guión (escrito por Fendrick) cuenta varios relatos que se entrelazan, girando todo en torno a una familia rota en donde el hijo primogénito se encuentra en los Estados Unidos y se convierte en una ausencia protagónica: el taxista y jugador de bridge, Arturo (Arturo Goetz), tiene que conseguir dinero para ayudar a su hijo mayor a regresar y solo tiene 24 horas, su controladora esposa Irene (Stella Galazzi), jugadora también, se prepara para el torneo de cartas, posee un ahorro de dinero que cuida celosamente es indolente ante su marido (solo le exige estar a tiempo para barajar los naipes) y las necesidades de Ramiro, y finalmente Leandro (Nahuel Pérez Biscayart), el hijo menor que aún vive con ellos, un petulante yonkie nini adolescente que busca escapar de su vida cueste lo que cueste y que pasa sus días en completo vacío; a los tres solo los vincula la caja con los ahorros de dinero.



La historia posee un trasfondo sórdido potenciado por la velocidad que le imprime esa cuenta regresiva con cámara en mano, en la que todos los personajes están atrapados. El personaje de Arturo es tranquilo (más bien intenta serlo), un hombre que busca escapar de su pasado ayudando al ausente Ramiro; Leandro busca lo mismo reuniéndose con ese hermano en Estados Unidos; el padre necesita el dinero para ayudar a su hijo mayor a regresar mientras el hijo menor lo busca para reunirse con el mismo hermano sin saber las intenciones de este; los dos buscan escapar de lo que son y es evidente que un choque se avecina, mientras Irene tiene sus metas puestas tan solo en el juego y el torneo que se avecina. La travesía del padre y del hijo se realiza en sus respectivos contextos: Arturo lidia con la forma de conseguir el dinero (y su violento interior) antes de que acabe el día mientras transporta en varias ocasiones al misterioso McEnroe (Guillermo Arengo), un peculiar personaje con facha de empresario y presumible ludopatía; Leandro por su parte pasa los días en la completa nadería con Romina (Guadalupe Docampo), su compañera no oficial, cuando se topa (y se prenda) con la silenciosa Vanesa (Ailín Salas) quien lo lleva a una situación en la que La sangre brota

La violencia está presente durante todo el metraje, Arturo la trata de domar con un CD, Leandro la sublima en un momento de pasión, pero es la violencia de la ciudad la que está presente en cada cuadro, con sus personajes, sus mares de gente y sus ruidos durante el transcurso del día, mientras al llegar el anochecer los demonios interiores son los que salen a pasear. Fendrick crea una particular estética donde la violencia, encarnada en la estresante rutina de una gran ciudad – en este caso Buenos Aires – se vuelven (si no el tópico central) es el elemento de más peso.